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¿Puede una empresa estar demasiado acostumbrada a sus propios riesgos?

hace 11 minutos
6 min de lectura

Empresa observando los riesgos de seguridad de sus instalaciones a través de cámaras de vigilancia y sistemas de monitoreo.

Hay riesgos que una empresa detecta inmediatamente. Una puerta forzada, una mercancía que desaparece, una persona que intenta ingresar sin autorización o una falla que detiene una operación difícilmente pasan desapercibidos.


Pero existen otros riesgos mucho más silenciosos. Son aquellos que llevan meses, incluso años, ocurriendo sin provocar una consecuencia lo suficientemente grave como para encender las alarmas. Una puerta que permanece abierta más tiempo del debido. Un acceso que todos conocen, pero que rara vez se revisa. Un procedimiento que dejó de seguirse porque “nunca ha pasado nada”. Un área que tiene poca supervisión porque siempre ha funcionado así.


Con el tiempo, lo que debería generar una alerta puede convertirse simplemente en parte de la rutina. Y ahí comienza un problema importante para cualquier empresa: cuando un riesgo se vuelve cotidiano, también puede volverse invisible.


En México, donde las empresas enfrentan diariamente retos relacionados con seguridad, operación, pérdidas, accesos, instalaciones y continuidad del negocio, acostumbrarse a determinadas situaciones puede generar una falsa sensación de control. La pregunta entonces no es solamente qué riesgos tiene una empresa, sino algo más incómodo: ¿cuántos de esos riesgos ya dejaron de preocuparnos porque nos acostumbramos a ellos?


Cuando el riesgo se convierte en parte de la rutina


La normalización del riesgo ocurre de manera gradual. Rara vez una organización decide conscientemente ignorar una situación de seguridad. Lo más común es que pequeñas excepciones comiencen a repetirse hasta convertirse en una práctica habitual.


Al principio, una desviación puede parecer insignificante. Un proveedor entra por un acceso diferente al establecido. Un empleado presta su tarjeta de acceso. Una revisión se omite porque hay demasiadas personas esperando. Un elemento de seguridad permite una excepción para agilizar el ingreso. Una cámara deja de funcionar y la reparación se pospone.


Una sola situación puede parecer poco relevante. El problema aparece cuando se repite. Después de un tiempo, la organización comienza a interpretar esa conducta como algo normal. Ya no se percibe como una excepción, sino como “la manera en que funcionan las cosas”.


Esto puede suceder incluso en empresas que cuentan con protocolos, tecnología y personal de seguridad. Tener medidas de protección no significa necesariamente que estas se estén aplicando de manera adecuada todos los días.


Una empresa puede tener cámaras instaladas y, al mismo tiempo, contar con puntos ciegos que nadie ha revisado recientemente. Puede tener controles de acceso y permitir excepciones constantemente. Puede contar con vigilancia y, sin embargo, no analizar lo que sucede durante los cambios de turno, horarios de mayor movimiento o momentos de menor supervisión.


La seguridad no depende únicamente de tener controles. También depende de mantener la capacidad de cuestionarlos.


El problema de pensar: “siempre ha sido así”


Una de las frases más peligrosas dentro de una operación puede parecer completamente inofensiva: “siempre lo hemos hecho así”.


Cuando una práctica se mantiene durante mucho tiempo, puede parecer que su permanencia demuestra que funciona. Sin embargo, el hecho de que un incidente no haya ocurrido todavía no significa que el riesgo no exista.


Una empresa puede haber tenido durante años un acceso vulnerable sin experimentar una intrusión. Eso no convierte el acceso en seguro. Puede haber tolerado pequeñas pérdidas de materiales sin identificar su origen. Eso no significa que las pérdidas sean irrelevantes. Puede haber permitido que ciertas personas circulen por áreas restringidas sin que ocurra un incidente. Eso no elimina la vulnerabilidad.


La ausencia de un evento grave puede generar una percepción equivocada: si nunca ha ocurrido, probablemente nunca ocurrirá. Pero los riesgos no desaparecen porque no se hayan materializado. En muchos casos, simplemente están esperando las condiciones adecuadas para hacerlo. Y cuando finalmente ocurre un incidente, la reacción suele ser inmediata. Aparecen preguntas, revisiones y responsabilidades. Se intenta reconstruir lo sucedido y descubrir qué pudo haberse hecho diferente. En ocasiones, la respuesta estaba frente a todos desde mucho antes.


¿Cómo saber si una empresa se acostumbró a sus riesgos?


Detectarlo requiere observar la operación desde una perspectiva distinta a la cotidiana.


Una señal importante aparece cuando las mismas situaciones se identifican repetidamente, pero nunca se corrigen de manera definitiva. Si un reporte señala una anomalía y semanas después vuelve a aparecer, quizá el problema no sea solamente el comportamiento de una persona, sino la forma en que la organización está gestionando el riesgo.


Otra señal es la existencia de excepciones frecuentes. Cuando un procedimiento tiene demasiadas “ocasiones especiales”, deja de funcionar como un verdadero control.


También es importante observar qué sucede cuando cambia el ritmo normal de la operación. Los horarios nocturnos, cambios de turno, entregas, recepción de mercancía, entradas y salidas de personal o momentos de alta demanda pueden revelar vulnerabilidades que permanecen ocultas durante una jornada habitual.


Los registros y reportes también pueden contar una historia que la rutina ya no permite ver. Un incidente aislado puede parecer insignificante. Varios eventos pequeños relacionados entre sí pueden revelar un patrón. Por eso, una estrategia de seguridad efectiva no debería limitarse a reaccionar ante los incidentes. También debe identificar aquellas señales que, por repetirse constantemente, han dejado de llamar la atención.


La importancia de mirar la empresa con ojos nuevos


Una de las mejores maneras de identificar riesgos normalizados es cambiar la perspectiva.


Quienes trabajan todos los días dentro de una empresa conocen sus procesos, sus accesos, sus horarios y sus dinámicas. Esa experiencia es indispensable para operar, pero también puede generar puntos ciegos. Cuando una situación se repite todos los días, es fácil dejar de observarla con la misma atención que tendría alguien que la ve por primera vez.


Por eso, de vez en cuando es necesario observar la operación desde fuera de la rutina. No para buscar culpables, sino para detectar aquellas pequeñas desviaciones que con el tiempo pueden haberse convertido en parte de la manera habitual de trabajar.


Puede tratarse de un acceso que se deja abierto durante determinados horarios, de una revisión que se omite cuando aumenta el flujo de personas, de un procedimiento que se aplica de manera diferente dependiendo de quién esté a cargo o de una zona que recibe menos supervisión porque históricamente nunca ha presentado problemas.


Cada una de estas situaciones puede parecer menor por separado. Sin embargo, cuando se observan en conjunto, pueden revelar algo mucho más importante: una empresa que ha comenzado a adaptarse a sus propias vulnerabilidades en lugar de corregirlas.


Mirar la empresa con ojos nuevos significa dejar de evaluar la seguridad únicamente desde lo que funciona y comenzar a observar también aquello que funciona “a pesar de” ciertas vulnerabilidades. Porque una operación puede mantenerse durante años sin sufrir un incidente grave y, aun así, tener oportunidades importantes de mejora.


De la costumbre a la prevención


Prevenir no significa vivir esperando que ocurra algo malo. Significa evitar que una situación cotidiana termine convirtiéndose en un problema mayor. Para lograrlo, las empresas necesitan revisar periódicamente sus procedimientos, analizar incidentes y anomalías, supervisar el cumplimiento de los protocolos y mantener una observación constante sobre aquellos puntos donde pequeñas desviaciones pueden generar consecuencias importantes.


La tecnología también puede aportar información valiosa cuando se utiliza correctamente. Las cámaras, sistemas de control de acceso, monitoreo y registros permiten observar comportamientos, identificar patrones y contar con evidencia para tomar mejores decisiones. Sin embargo, ninguna herramienta sustituye la capacidad de cuestionar lo que sucede todos los días.


Una cámara puede registrar una situación durante meses. El verdadero valor aparece cuando alguien observa esa información y se pregunta por qué está ocurriendo. Porque el objetivo de la seguridad no debería ser únicamente saber qué pasó después de un incidente. También debería ser reconocer las señales antes de que sea necesario explicar por qué ocurrió.


Conclusión


Una empresa puede acostumbrarse a casi cualquier cosa.


Puede acostumbrarse a una puerta que permanece abierta. A pequeñas pérdidas. A accesos que no se controlan como deberían. A procedimientos que se cumplen solamente cuando alguien está supervisando. A reportes que se repiten sin generar cambios.


Y quizá ese sea uno de los mayores riesgos: que aquello que debería generar una alerta termine formando parte del paisaje cotidiano.


No porque una empresa tenga riesgos significa que esté haciendo las cosas mal. Toda operación tiene vulnerabilidades. Lo importante es reconocerlas, revisarlas y evitar que la costumbre convierta una excepción en una práctica permanente.


A veces, la amenaza más difícil de detectar no es la que acaba de aparecer, sino aquella que lleva tanto tiempo frente a nosotros que dejamos de verla. Por eso vale la pena detenerse y mirar nuevamente. Porque una empresa verdaderamente preparada no es aquella que cree no tener riesgos. Es aquella que tiene la capacidad de reconocerlos incluso cuando ya forman parte de su rutina.


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